EL LIBRO – Capítulo 1

Antes de todo

El mar nunca había formado parte de nuestra vida. La playa, para nosotros, es el lugar dónde miles de turistas se amontonan rodeados de toallas, sombrillas y protector solar. Eso no quiere decir que no nos guste, significa que huimos de las aglomeraciones. Nos gusta pisar la arena por la tarde, cuando el sol empezaba a caer. Cuando la mejor compañía es un buen libro, una charla tranquila, o el silencio.  

Cuando nacieron Llorenç y Mireia íbamos a la playa para aliviar sus problemas de dermatitis, o para ayudar a las fosas nasales a desprenderse de la mucosidad. Aunque es cierto, no vamos a mentir ya en el primer capítulo, hacíamos con nuestros hijos castillos de arena, jugábamos a saltar las olas y nos untábamos de protector solar para luego (cuando la arena se pegaba al cuerpo) acabar pareciendo una croqueta (cosa que a los peques de la casa parecía hacer muy felices). Sin embargo no hemos sido asiduos a este tipo de vacaciones. Nos ha gustado más la montaña, los pueblos pequeños, los viajes tranquilos, alejados de multitudes. Pero, y aquí detecto (al buscar en mi memoria) el principio, nos gustan los deportes de aventura. Y así empezó todo. 

Hace unos diez años, Sergi y Llorenç viajaron a Malta para que Llorenç asistiera a un curso de inglés. Antes de seguir os debo decir que no fue buena idea, el inglés, porque el resto cambió nuestra vida. Sin entrar en más detalles diré que nuestro primogénito no mejoró demasiado el idioma, pero sacó provecho del tiempo de ocio. Creo que padre e hijo practicaron todos los deportes acuáticos que se ofertaban y aunque todos impresionaron a un jovencito de once años, lo que les hizo disfrutar y sentir pasión, fue el catamarán de vela ligera. Deslizarnos sobre el agua siguiendo los impulsos del viento, manejar aquella minúscula embarcación, formar un equipo, tomar decisiones y sentirnos libres de poner rumbo a cualquier parte, hacer algo chulo en familia, fueron los argumentos que nos repetían (a mi hija Mireia y a mi) para que adquiriésemos uno. 

Pero toparon con mis reticencias. 

Tenía infinitos argumentos en contra: es tirar el dinero, con ese dinero nos vamos de viaje, no tenemos sitio para guardarlo (esto no era cierto), si total nosotros en verano no vamos a la playa, no lo usaremos, es un trasto más, y Sergi me rebatía y me pedía que fuera a verlo. Y fuimos. Y al ver lo que era, yo todavía tenia más razones para no querer comprarlo y entonces me dijo: tienes que probarlo, pero yo encontré otra lista de pretextos para no hacerlo, sabía que si me gustaba tendría menos razones para negarme y eso era algo a lo que no me podía (o quería) enfrentar. 

Hasta este momento da la impresión que en mi familia alguien quería un juguete y alguien se lo negaba. No se trataba de eso. El catamarán fue un detonante. Sergi lo sintió y yo lo supe. Él no pretendía adquirir a toda costa un objeto, un juguete. Él vio un cambio de vida, vio oportunidad. Él vio el principio de algo. El primer paso de un largo camino, de una oportunidad que se dibujaba en el horizonte. Hacía años que habíamos leído un libro sobre la aventura de una familia vasca “Aventura a toda vela”, en el que contaban su experiencia tras diecisiete años viviendo en un velero y dando la vuelta al mundo. Nosotros habíamos fantaseado muchas veces con la posibilidad de hacer algo parecido, pero era solo eso, una fantasía. Y yo, jamás, jamás, podría recorrer el mundo en un barco. Por tierra, en una autocaravana, quizás, pero por mar, ni en mis peores pesadillas. Por eso cuando Sergi y Llorenç nos hicieron la propuesta (acción-reacción) yo me asusté. 

Está claro que en ese momento ninguno de los dos pensó en dejarlo todo e ir a dar la vuelta al mundo ni nada por el estilo, al menos no de forma consciente. A esas alturas Sergi me hablaba de  iniciar un proceso que nos acercara a vivir en calma, en paz, en libertad. Pero yo temía las olas, las tormentas, las medusas, los mareos, los hundimientos, alejarme de casa, de la familia, del puerto, del control. Eso es, temía perder el control. Ni por un momento pensé que podía aprender, tratar de descubrir el mundo que mi pareja me ofrecía, no. Me sentí más cómoda alojada en mis miedos, evitando salir de mi zona de confort. 

Lo que nos hace sentirnos atrapados somos nosotros mismos. Podemos acusar a la sociedad, a la educación, a la costumbre o a cualquier situación temporal, pero si estamos paralizados es porque queremos. No trato de decir que todos deberíamos dejarlo todo y dar la vuelta al mundo, no. Hablo de salir de la zona de confort. Vivimos encuadrados, cercados por cuatro paredes que nos aprisionan. Pero estas paredes tienen puertas y las llaves las tenemos nosotros. Salir y descubrir qué hay detrás, está siempre de nuestra mano. Yo en aquel momento no lo sabía. Sergi sí. Yo era incapaz de ver más allá de las puertas cerradas, si están cerradas, pensaba, por algo será. No pensaba en la posibilidad de buscar la llave en mi bolsillo. 

Sergi tenía un llavero enorme, y si no lo encontraba tumbaba de un golpe la puerta (cosa que en más de una ocasión le causó algún problema). Aunque muchas veces se encontraba tan perdido que confundía la salida, sabía con absoluta certeza que debía abandonar la habitación en la que estaba encerrado.

Respeto. Es lo que nos tuvimos. Acabo de releer lo escrito y me ha venido esta pregunta a la cabeza: ¿Cómo siendo pareja cada uno tenía un ritmo tan distinto? Y la repuesta es fácil: somos dos seres diferentes, con gustos, miedos y deseos distintos. Lo siguiente que me cuestiono es: ¿cómo consigue una pareja mantener su ritmo individual? y la respuesta es la que inicia este párrafo: Respeto.