LA PRIMERA TRAVESÍA DEL VIVIRAVELA

Fue como una primera cita. Nos habíamos visto, pero todavía no nos conocíamos. Ese fue el motivo por el que decidimos no buscar tripulación que nos ayudara a cubrir turnos. Queríamos conocer los secretos de nuestro velero, sus defectos o virtudes. Pero también los nuestros. Necesitábamos intimidad.


La travesía transcurriría entre Gibraltar y Valencia. 460 millas náuticas que pretendíamos hacer en siete días. Un objetivo al que no estábamos dispuestos a renunciar era llegar el viernes a medio día al puerto de Alicante pues dos tripulantes muy importantes debían subir a bordo: Llorenç y Mireia.
El lunes por la mañana firmamos la compra, ya se sabe: ilusión, nervios y el espíritu aventurero compensando el bolsillo vacío.
Compramos. Mucho más de lo necesario para llenar el estómago y mucha menos agua de la que necesitaríamos beber.
Cuando llegamos al barco eran las cuatro de la tarde y cuando el encargado de hacernos la entrega nos dio las llaves, apenas nos contuvimos para dar un grito de alegría. El barco ya es nuestro.

Con la emoción del momento no priorizamos la estiba. Fue un error del que no nos lamentamos demasiado, a pesar de que nos dio algún quebradero de cabeza, porque las ganas de zarpar superaban a cualquier incomodidad que pudiera surgir, y que surgió. Es noviembre y la noche llega pronto. Es el mar de Alborán. Es viento y corrientes. Fue bastante dura la bienvenida que nos dio el mar. Hacía veinte nudos de viento y el mar de fondo tenía olas de más de un metro de altura. Para llegar a Alicante en la fecha prevista, una de las condiciones era navegar al menos dos noches. Esta era la primera. En ningún momento pensamos en regresar o entrar a algún puerto cercano. Tampoco era una situación grave ni peligrosa. De eso yo estaba segura. Veía a Sergi manejar las velas y el timón con la decisión y destreza necesaria que yo necesitaba para sentir que estaba a salvo. Habíamos organizado la travesía nocturna por turnos. Los incumplimos.

Soy a estas alturas, todavía, incapaz de ponerme al timón con circunstancias como las que os he contado. Pero no dejé al patrón solo. No. Pase la noche en cubierta, tratando de mantener el equilibrio mientras el mar nos mecía a su voluntad. Dormí a ratos. Cada vez que despertaba, le preguntaba a Sergi cómo estaba. Estaba feliz. Encantado. Sujeto por el arnés y armado con el chaleco salvavidas recorría el velero de proa a popa. Me despertó antes del amanecer. Sería el primero del Viviravela. Estábamos atravesando la costa malagueña y todo empezó a mejorar. El mar se tranquilizó, el sol calentó nuestro cuerpo mareado y unos perfectos compañeros de viaje aparecieron para saludarnos. Delfines. ¿Qué más se puede pedir?

La noche siguiente atracamos en el puerto de Almiramar. Un lugar con un encanto especial. Era la primera vez que nos registrábamos. Cuando se hacen las cosas por primera vez, siempre son emocionantes. A veces por ilusión, a veces por miedo, pero nunca te dejan impasible. Me sentía torpe. Lanzando el cabo al marinero. Preparando las defensas. Dando los documentos en marinería. Quería aprobar el examen. Superar la prueba. Afortunadamente aprendí rápido que las cosas nuevas requieren un tiempo y que si nos sentimos torpes es porque tenemos la suerte de estar empezando algo. Nuevo. Distinto. Desconocido. Y eso, eso es vivir. Estar vivo.

El miércoles el mar estaba tan calmado como una piscina sin niños. Seis nudos de viento. El barco a motor. Llegó el momento. Era la oportunidad de desplegar el genaker. Nunca habíamos navegado con este tipo de vela. Para mí fue genial poder compartir con Sergi este aprendizaje. Descubrir entre los dos su funcionamiento, su rendimiento. Esto es aprender por uno mismo; ensayo y error. Y así se aprende. Mucho. Cuando alguien nos dice cómo hacer las cosas, nos relajamos. Cumplimos órdenes y pocas veces las cuestionamos, les damos alguna vuelta para ver si se nos acomoda mejor otro modo de hacer esto o aquello. No entendemos, en muchas ocasiones lo que hacemos. Sabemos que si seguimos los pasos la cosa funciona. ¿Pero que pasa si uno de los pasos falla? Paramos. Esperamos a que regrese el maestro a decirnos qué hay que hacer. En la navegación, y en la vida, esto es peligroso. Cada uno somos responsables de nuestra vida y debemos ser capaces de resolver los conflictos que se nos presentan.

Regresaron los delfines. El mar estaba tan tranquilo que pudimos contemplar, desde la proa, como nos miraban, como daban vueltas y jugaban con nosotros. Cuando empezó el espectáculo de la puesta de sol, teníamos a nuestras espaldas el faro de Cabo de Gata. Aquella noche pudimos cumplir con nuestros turnos de vigilia. Descansamos por turnos; Sergi en la cama del camarote, yo en la que ya era mi cama de cubierta (me está costando acostumbrarme a los pantocazos). Poco a poco.


El jueves aprovechamos para limpiar. Y pescar. Sergi preparó las dos cañas que lanzó durante horas al mar. Mientras, vaciamos todos los tambuchos, limpiamos y ordenamos. Nos quedó algo de tiempo para la lectura, que yo aproveché pero Sergi no (Sergi es capaz de encontrar cosas qué hacer en una habitación vacía).

La caña empezó a moverse con fuerza. Hemos pescado. Aquella noche cenamos llampuga y la siguiente compartimos con nuestros hijos una especie de atún.
Entramos a puerto sobre las cinco. Torrevieja. Antes de registrarnos baldeamos con agua dulce todo el barco. Lo queríamos perfecto para el día siguiente. Aquella noche dormimos como los bebés. A las diez estábamos en la cama y a las seis de la mañana ya estábamos listos para zarpar.

Sergi

Aquel viernes era muy especial. Íbamos a cumplir el sueño. Los cuatro juntos. Toda la familia a bordo del Viviravela. Llegamos al puerto de Alicante a medio día. Nos dedicamos a poner guapo a nuestro velero para que causara la mejor impresión a sus jóvenes propietarios. Quedó perfecto. Después de comer, caminamos hasta la estación. Llegaban ambos en el mismo tren. Habían cumplido con sus obligaciones de estudiantes y ahora tenían el fin de semana para disfrutar del mar y del barco.


Creo que es la primera vez que coincidimos los cuatro en realizar una afirmación: Es perfecto. No le sobra ni le falta nada. Los hay mejores, más grandes, más pequeños, más estilosos e incluso mejor acondicionados. Pero este es el que queremos. Del que nos hemos enamorado.
El sábado decidimos acercarnos más a la costa. Teníamos tiempo y nos apetecía saborear los paisajes que la costa nos ofrecía desde el mar. Qué diferente es todo cuando se ve desde otro ángulo. La costa alicantina, abarrotada de edificios rompe la belleza de la naturaleza.

 

Mirábamos hacia otro lado. Hacia la profundidad del mar. El mar estaba tan calmado que desde nuestro ángulo de visión, los apartamentos, los hoteles y el resto de viviendas parecían flotar, apunto de hundirse. Daba la sensación de que en cualquier momento la tierra cedería aplastada por el peso de tanto ladrillo.Por suerte quedan zonas que los humanos no nos hemos atrevido y no nos hemos permitido destrozar.

Atardecía el sábado y dejamos atrás Calpe. Habíamos programado dormir en Cala Sardinera. Inmejorable decisión. Llegamos casi oscureciendo, pero los últimos rayos de sol nos permitieron admirar el paisaje montañoso de la costa de Xàbia. Tiramos el ancla y pasamos la noche fondeados junto a otros barcos.

Toda la noche no. Porque a las cuatro de la madrugada ni Sergi ni yo podíamos dormir. Nos inquietaba que el barco se desplazara y aunque lo comprobamos varias veces y todo estaba bien, decidimos zarpar y empezar el último tramo. El que nos llevó a casa.


Aquel día, hinchamos la barca. La auxiliar. Estaba sucia y parecía vieja. La habíamos comprado de segunda mano. Pero cuando Mireia acabó con ella, pudimos comprobar que estaba en perfecto estado.

Padre e hijo la fijaron a la cubierta y cuando acabamos casi estábamos llegando a la Marina de València.

Estábamos emocionados. Lo habíamos conseguido. Teníamos a nuestro velero en casa. Era el final de la travesía. Es el principio de la aventura: Vivir a vela.

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